quarta-feira, 10 de abril de 2013

Revelación y caída / Revelação e queda





Revelación y caída

Extraños son los caminos nocturnos del hombre. Cuando iba sonámbulo por las habitaciones de piedra y en cada una ardía un silencioso candil, un candelabro de cobre, y cuando preso del frío entré en el lecho, reapareció en la cabecera la sombra negra de la extranjera, y en silencio oculté mi rostro en las lentas manos. El jacinto florecía azul en la ventana y llegó al labio púrpura de mi aliento la antigua oración; de sus párpados cayeron lágrimas de cristal lloradas por la amargura del mundo. En esta hora la muerte de mi padre hizo de mí el hijo blanco. En azules sobresaltos bajó de la colina el viento de la noche, el oscuro lamento de la madre que moría, y vi el negro infierno en mi corazón; minuto de radiante mutismo.

Suave surgió del muro blanqueado con cal un rostro indescriptible -un joven moribundo-, la belleza de una estirpe que regresa a sus padres. Blancura de luna, el frío de la piedra envolvió la sien desvelada, sonaron los pasos de las sombras sobre erosionadas gradas, un rosado tumulto en el pequeño jardín.
Silencioso estaba sentado en una taberna abandonada bajo vigas ahumadas, solo ante el vino; un cadáver rutilante inclinado sobre la oscuridad y un cordero muerto a mis pies. De un corrupto azul salió la sombra pálida de mi hermana y así habló su boca ensangrentada:
Hiere, espina negra. Ah, todavía resuenan las tormentas desatadas en mis brazos plateados. Sangre, corre de mis pies lunares, floreciendo sobre los senderos nocturnos, donde la rata salta gritando. Iluminad, estrellas mis arqueadas cejas; para que el corazón palpite suave en la noche. Irrumpió en la casa una sombra roja con espada flameante, huyó con su frente de nieve.

Oh muerte amarga.

Y una voz oscura habló dentro de mí: He roto la nuca a mi caballo negro en el bosque nocturno, porque de sus purpúreos ojos brotaba la demencia; las sombras de los olmos, la risa azul del manantial y la frescura negra de la noche cayeron sobre mí cuando levanté como cazador salvaje una lanza de nieve. En un infierno de piedra murió mi rostro.
Cayó brillando una gota de sangre en el vino del solitario; y cuando lo bebí sabía más amargo que la adormidera. Una nube profunda envolvió mi cabeza, las lágrimas de cristal de ángeles condenados. Delicadamente fluyó la sangre de la plateada herida de la hermana y una lluvia de fuego cayó sobre mí.

Por el lindero del bosque deseaba caminar, como alguien sombrío que ha dejado caer de sus mudas manos el velo solar, y al atravesar llorando la colina de la tarde levanta los párpados hacia la ciudad de piedra; como un animal que se siente tranquilo en la paz del viejo árbol; oh, esta cabeza inquieta acechando en la penumbra, esos pasos que corren dudosos buscando la nube azul en la colina, persiguiendo también implacables constelaciones. A un lado escolta el corzo la siembra verde, silenciosa compañía de los musgosos caminos del bosque. Las cabañas de los campesinos se han cerrado en su mutismo, y atemoriza en la negra calma del viento la queja azul del torrente.

Pero cuando descendí por el sendero de piedras, me asaltó la locura y grité fuerte en la noche; y cuando con mis dedos plateados me incliné sobre las aguas silenciosas vi que mi rostro me había abandonado. Y la voz blanca me dijo: ¡Mátate! Con un suspiro se levantó en mí la sombra de un niño y me observó radiante con ojos cristalinos: entonces caí llorando bajo los árboles y la poderosa bóveda de estrellas.

Sobresaltado caminar por el caótico sendero de piedras, lejano de los caseríos de la tarde, viendo rebaños que regresan; en la distancia pasta el sol del ocaso en la pradera de cristal y su canto salvaje es conmovedor; el solitario grito del pájaro extraviándose en la paz azul.

Pero dulcemente vienes tú en la noche, mientras yo vigilo sobre la colina o cuando el delirio se desata en la tempestad de la primavera, y con nubes cada vez más sombrías vela mi cabeza muerta la tristeza. Mi alma nocturna es horrorizada por fantasmales relámpagos; tus manos desgarradoras se ensañan sobre mi pecho de aliento entrecortado.

Cuando penetré en la penumbra del jardín y se había apartado de mí la negra presencia del mal, me rodeó la calma del jacinto de la noche; y atravesé el estanque apacible en una barca ondulada mientras una dulce paz conmovió mi frente de piedra. Atónito descansé bajo los viejos sauces y estaba el cielo azul muy alto colmado de estrellas; y cuando me perdí en su contemplación murieron la angustia y el dolor en lo más profundo de mí; y la sombra azul del niño se levantó radiante en la oscuridad, dulce canto. Entonces se elevó con alas de luna sobre el verdor de las cimas, por encima de los peñascos cristalinos, la blanca imagen de la hermana.

Con suelas plateadas descendí los espinosos escalones y entré en la alcoba blanqueada con cal. Ardía allí un candil silencioso y escondí calladamente mi cabeza en las sábanas purpúreas; y la tierra arrojó un cadáver infantil, una figura lunar que salió lentamente de mi sombra, precipitándose con los brazos quebrados de piedra en piedra, cayendo como nieve en copos.

Georg Trakl
(versão de Helmut Pfeiffer)

Revelação e Queda



Estranhos são os caminhos nocturnos do homem. Quando andava sonâmbulo pelas salas de pedra e em cada uma ardia uma silenciosa candeia, um candelabro de cobre, e quando encolhido de frio entrei no leito, reapareceu a sombra negra da estrangeira, e em silêncio ocultei o meu rosto nas lentas mãos. O jacinto florescia azul na janela e chegou ao lábio púrpura do meu alento a antiga oração; das suas pálpebras caíram lágrimas de vídro choradas pela amargura do mundo. Nessa altura a morte do meu pai fez de mim o filho branco. Em azuis sobressaltos desceu da colina o vento da noite, o escuro lamento da mãe que morria, e vi o negro inferno no meu coração; minuto de radiante mutismo.

Suave surgiu do muro branqueado com cal um rosto indescritível – um jovem moribundo –, a beleza de uma estirpe que regressa aos seus pais. Brancura de lua, o frio da pedra envolveu a têmpora desvelada, soaram os passos das sombras sobre erodidas bancadas, um rosado tumulto no pequeno jardim.



Silencioso estava sentado numa taberna abandonada debaixo de vigas esfumadas, sozinho em frente ao vinho; um cadáver rutilante inclinado sobre a obscuridade e um cordeiro morto a meus pés. De um corrupto azul saiu a sombra pálida de minha irmã e assim falou a sua boca ensanguentada:

Fere, espinho negro. Ah, ainda ressoam as tormentas desatadas nos meus braços prateados. Sangue, corre dos meus pés lunares, florescendo sobre as sendas nocturnas, onde a rataria salta gritando. Iluminai, estrelas as minhas arqueadas sobrancelhas, para que o coração palpite suave na noite. Irrompeu na casa uma sombra vermelha com espada flamejante, fugiu com a sua testa de neve.



Oh morte amarga.



E uma voz escura falou dentro de mim: Despedacei a nuca ao meu cavalo negro no bosque nocturno, porque dos seus purpúreos olhos brotava a demência; as sombras dos olmos, o riso azul do manancial e a frescura negra da noite caíram sobre mim quando alcei como caçador selvagem uma lança de neve. Num inferno de pedra morreu o meu rosto.



Caiu brilhando uma gota de sangue no vinho do solitário; e quando o bebi sabia mais amargo que a dormideira. Uma nuvem profunda envolveu a minha cabeça, as lágrimas de vidro de anjos condenados. Delicadamente fluiu o sangue da prateada ferida da irmã e uma chuva de fogo caiu sobre mim.



Pela borda do bosque desejava caminhar, como alguém sombrio que deixou cair das suas mudas mãos o véu solar, e ao atravessar chorando a colina da tarde levanta as pálpebras em direcção à cidade de pedra; como um animal que se sente tranquilo na paz da velha árvore; oh, esta cabeça inquieta espreitando na penumbra, esses passos que correm duvidosos procurando a nuvem azul na colina, perseguindo também implacáveis constelações. De um lado escolta o corço a semeação verde, silenciosa companhia dos musgosos caminhos do bosque. As cabanas dos camponeses fecharam-se no seu mutismo, e atemoriza na negra calma do vento a queixa azul da torrente.



Mas quando desci pelo sendeiro de pedras, assaltou-me a loucura e gritei forte na noite; e quando com os meus dedos prateados me inclinei sobre as águas silenciosas vi que o meu rosto me tinha abandonado. E a voz branca disse-me: Mata-te! Com um suspiro se ergueu em mim a sombra de uma criança e observou-me radiante com olhos cristalinos: então caí a chorar sob as árvores e a poderosa abóbada de estrelas.



Sobressaltado caminhar pela caótica vereda de pedras, distante do casario da tarde, vendo rebanhos que regressam; na distância pasta o sol do ocaso na pradaria de cristal e o seu canto selvagem é comovedor, o solitário grito do pássaro extraviando-se na paz azul.



Mas docemente vens tu na noite, enquanto eu vigio sobre a colina ou quando o delírio se desata na tempestade da primavera, e com nuvens cada vez mais sombrias vela a minha cabeça morta a tristeza. A minha alma nocturna é horrorizada por fantasmáticos relâmpagos, as tuas mãos lancinantes assanham-se sobre o meu peito de alento entre-cortado.



Quando penetrei na penumbra do jardim e se tinha apartado de mim a negra presença do mal, rodeou-me a calma do jacinto da noite, e atravessei o reservatório de água aprazível numa barca ondulada enquanto uma doce paz comoveu a minha testa de pedra. Atónito descansei sob os velhos salgueiros e estava o céu azul muito alto cheio de estrelas, e quando me perdi na sua contemplação morreram a angústia e a dor no mais profundo de mim; e a sombra azul da criança levantou-se radiante na escuridão, doce canto. Então elevou-se com asas de lua sobre o verdor dos cumes, por cima dos penhascos cristalinos, a branca imagem da irmã.



Com solas prateadas desci os espinhosos degraus e entrei na alcova branqueada com cal. Ardia ali uma candeia silenciosa e escondi caladamente a minha cabeça nos lençóis purpúreos, e a terra lançou um cadáver infantil, uma figura lunar que saiu lentamente da minha sombra, precipitando-se com os braços quebrados de pedra em pedra, caindo como a neve em folerpas.

(tradução: alberto augusto miranda)